miércoles, 22 de julio de 2009

ESCAPADA A CÁCERES I




PRELUDIO Y JORNADAS 1 Y 2: EL TIEMPO

Pasando unos días de vacaciones en una pedanía próxima a Valencia de Alcántara, provincia de Cáceres, tengo la sensación de que el tiempo parezca estar detenido. La primera noche, una vez apagadas todas las luces del caserón, el cual cuenta con la nada desdeñable cantidad de siete habitaciones distribuidas en dos plantas, así como dos patios rodeados de una extensión de terreno que parecía haber sido antaño un pequeño huerto, me sumí en un profundo silencio; un silencio que trascendía lo físico para aproximarme a un misticismo comparable al que experimentaron en su tiempo aquellos hombres dedicados a la vida retirada. Invadida por la soledad, tuve el privilegio de contemplar cómo los rayos de una hermosa luna llena refulgente inundaba la estancia en la que me disponía a dormir, al tiempo que los sonidos de la noche invadían el eco de aquel apartado lugar: los grillos con su cantar, el aire meciendo las hojas de los naranjos y los cencerros resonando en la lejanía. Todo un paisaje romántico que habría inspirado al mismísimo Bécquer o habría hecho levitar al propio San Juan de la Cruz. Sólo algún que otro desaprensivo del asfalto osaba violar aquella paz nocturna.

A la mañana siguiente nos dispusimos a emprender una excursión al pueblo de Alcántara, donde se encuentra ubicado un puente romano del siglo II franqueado por una torre, un arco y un templo. ¡De cuántos eventos no habrá sido testigo este conjunto monumental! ¡Cuántos viajeros no se habrán detenido ante este retazo de la historia, cada uno con sus circunstancias, inmerso en su mundo personal, en su microcosmos! Pero ellos permanecen ahí, inmóviles, contemplando erguidos cada una de nuestras historias personales, dando testimonio del devenir del tiempo, que trascurre para nosotros, los mortales, mientras parece permanecer detenido o suspendido para ellos, anclados en el pasado, ajenos a esa célebre frase de Heráclito "todo fluye, nada permanece". ¿Y qué decir del Convento de San Benito? Siempre me han fascinado los claustros conventuales; la paz que emanan inunda el espíritu; el alma inquieta encuentra su anhelado descanso cuando descubre el silencio que irradian parajes como estos y que la aproximan a la esencia de las cosas, empezando por la conciencia de sí misma.

Decidimos traspasar las fronteras de nuestro país en una segunda jornada viajera para visitar un pueblecito de Portugal llamado Marvao. Lo primero que decubrimos al llegar fue que la localidad se encontraba rodeada por una muralla; sus calles, por las que transitamos pese a las empinadas cuestas y al pavimento adoquinado, destacaban por su tipismo en la construcción: cal blanca y puertas y ventanas adinteladas, toda una ciudad de regusto medieval cuyas calles concéntricas conducían hasta el castillo, a cuyos pies yacía un bello jardín francés. Era tentador dejar volar la imaginación: callejones por los que discurrían caballeros de antaño envueltos en sus armaduras o sus capas, el trote de los caballos acudiendo prestos a defender la ciudad al aviso de la guardia, o ese silencio de la noche transgredido por el "¡agua va!". Una estampa del pasado.


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