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JORNADA 4: EL CAUTIVERIO
La siguiente jornada nos condujo hasta Plasencia siguiendo la carretera nacional. El paisaje natural fue todo un hallazgo, pues además de páramos extensos habitados por águilas, milanos y buitres que planeaban sobre nuestras cabezas, pudimos deleitarnos con embalses y ríos a los que acudían otras aves, tales como cigüeñas o garzas. Pero la fauna no se limitaba a ésta: ciervos, a ambos lados de la carretera, así como reses autóctonas de la región, se pueden admirar por doquier.
Plasencia, sencillamente, me cautivó. El acceso al casco histórico está delimitado por una muralla, que rodea toda la ciudad, así como por el río, que la bordea formando parajes espectaculares; esa estampa de los sauces acariciando ambas márgenes del río a su paso por el Puente de San Lázaro, el sol reflejándose en el agua, cuya quietud sólo alteraban esas cascaditas de piedras de escasa altura, y el convento que da nombre al propio puente allá al fondo, quedaron grabadas en mi retina. Casas palaciegas, la Catedral, el Palacio de Justicia, el Ayuntamiento, el Parador, la iglesia de San Nicolás, la de San Esteban o las puertas de la ciudad... ¡es que mires donde mires respiras historia, medievo, y es un auténtico bombardeo para los sentidos!
Claro que ese paseo por la ciudad, recorriendo los rincones más emblemáticos, bien merece un alto en el camino para reponer fuerzas. Siguiendo las recomendaciones de fuentes fidedignas, un contraste de pulpo, elaborado de un modo muy particular, al estilo cacereño, y un bacalao con una salsa confitada de pimiento de la Vera, acompañado por un vino de la tierra, fue todo un acierto en la elección. Pero lo mejor llegó con el postre, de nombre cuanto menos curioso: "Muerte por chocolate", una tarta con hasta seis texturas diferentes de chocolate. Os aseguro que se sobrevive.
La siguiente jornada nos condujo hasta Plasencia siguiendo la carretera nacional. El paisaje natural fue todo un hallazgo, pues además de páramos extensos habitados por águilas, milanos y buitres que planeaban sobre nuestras cabezas, pudimos deleitarnos con embalses y ríos a los que acudían otras aves, tales como cigüeñas o garzas. Pero la fauna no se limitaba a ésta: ciervos, a ambos lados de la carretera, así como reses autóctonas de la región, se pueden admirar por doquier.
Plasencia, sencillamente, me cautivó. El acceso al casco histórico está delimitado por una muralla, que rodea toda la ciudad, así como por el río, que la bordea formando parajes espectaculares; esa estampa de los sauces acariciando ambas márgenes del río a su paso por el Puente de San Lázaro, el sol reflejándose en el agua, cuya quietud sólo alteraban esas cascaditas de piedras de escasa altura, y el convento que da nombre al propio puente allá al fondo, quedaron grabadas en mi retina. Casas palaciegas, la Catedral, el Palacio de Justicia, el Ayuntamiento, el Parador, la iglesia de San Nicolás, la de San Esteban o las puertas de la ciudad... ¡es que mires donde mires respiras historia, medievo, y es un auténtico bombardeo para los sentidos!
Claro que ese paseo por la ciudad, recorriendo los rincones más emblemáticos, bien merece un alto en el camino para reponer fuerzas. Siguiendo las recomendaciones de fuentes fidedignas, un contraste de pulpo, elaborado de un modo muy particular, al estilo cacereño, y un bacalao con una salsa confitada de pimiento de la Vera, acompañado por un vino de la tierra, fue todo un acierto en la elección. Pero lo mejor llegó con el postre, de nombre cuanto menos curioso: "Muerte por chocolate", una tarta con hasta seis texturas diferentes de chocolate. Os aseguro que se sobrevive.
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