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JORNADA 7: LA AVENTURA
Algo similar a la quinta jornada nos sucedió en la séptima. Esta vez el objetivo consistía en llegar a Santiago de Alcántara para visitar, además de las preceptivas iglesias del centro urbano, un núcleo de interés histórico y natural en el que se concentraban tres emplazamientos: un mirador, desde el que se podían observar panorámicas de dehesas y montañas, así como admirar el majestuoso vuelo de buitres y águilas, la Cueva del Buraco, que alberga en su interior pinturas rupestres, y un conjunto de dólmenes, conocidos con el nombre de Lagunita I, II y III, todo ello sito a unos 2 Km del propio pueblo.
Lo primero que nos llamó la atención fue la escasa señalización de estos lugares, pero, pese a todo, nuestro interés superaba las dificultades. Tras algunas averiguaciones, logramos encontrar el sendero que nos conducía hasta el mirador, pero, cuál no fue nuestra sorpresa cuando nos vimos en la necesidad de transitar por un camino de aproximadamente 2,5 Km, con una pendiente prolongada que variaba entre el 8% y el 15%, lleno de tierra y pedruscos capaces de poner a prueba la tracción y la amortiguación de nuestro vehículo. Al culminar la subida, el espacio para dejar estacionado el vehículo era tan reducido, que nos imposibilitó maniobrar para darle la vuelta al coche y nos vimos obligados a hacerlo, no exentos de muchas dificultades, sirviéndonos de la marcha atrás. No quiero ni pensar qué habría sucedido de habernos cruzado con otro vehículo en sentido contrario o de habernos encontrado en la cima de la montaña con otro allí estacionado, pues el espacio habría sido insuficiente para ambos.
Para acceder a la cueva, cuyo sendero habíamos dejado a la derecha en nuestro ascenso hasta el mirador, optamos por no arriesgarnos a mover el vehículo, dada la estrechez del camino, y dejarlo inmovilizado allá en las alturas, por lo que iniciamos nuestra ruta a pie. ¡Qué aventura! Tras la bajada inicial, nos aguardaban subidas prolongadas de hasta un 15% a lo largo de unos 2 Km, pero la ilusión por descubrir ese espectáculo natural nos alentaba y hacía merecedero el esfuerzo. Sin embargo, la desolación nos embargó cuando descubrimos que la cueva era intransitable, pues la entrada estaba acorazada por una enorme cantidad de insectos que acudieron a darnos la bienvenida en tropel. A todo ello se sumaban la osuridad total en la que estábamos sumidos y la falta de señalización e información acerca de la misma, circunstancias que convirtieron esta empresa en misión imposible, así que tuvimos que resignarnos y conformarnos únicamente con la visión de la entrada. No obstante, y a pesar del desánimo con el que tuvimos que afrontar nuevamente esos 2 Km en el camino de regreso, la experiencia fue satisfactoria y gratificante.
Alentados por la proeza lograda, emprendimos una nueva caminata, de aproximadamente 2 Km también, aunque esta vez en llano, para disfrutar de la ruta de los dólmenes. Resultaba escandalosa la indefensión de todo este patrimonio, pues los tres dólmenes se encontraban expuestos, sin ninguna protección, a cualquier atentado de algún desaprensivo.
Algo similar a la quinta jornada nos sucedió en la séptima. Esta vez el objetivo consistía en llegar a Santiago de Alcántara para visitar, además de las preceptivas iglesias del centro urbano, un núcleo de interés histórico y natural en el que se concentraban tres emplazamientos: un mirador, desde el que se podían observar panorámicas de dehesas y montañas, así como admirar el majestuoso vuelo de buitres y águilas, la Cueva del Buraco, que alberga en su interior pinturas rupestres, y un conjunto de dólmenes, conocidos con el nombre de Lagunita I, II y III, todo ello sito a unos 2 Km del propio pueblo.
Lo primero que nos llamó la atención fue la escasa señalización de estos lugares, pero, pese a todo, nuestro interés superaba las dificultades. Tras algunas averiguaciones, logramos encontrar el sendero que nos conducía hasta el mirador, pero, cuál no fue nuestra sorpresa cuando nos vimos en la necesidad de transitar por un camino de aproximadamente 2,5 Km, con una pendiente prolongada que variaba entre el 8% y el 15%, lleno de tierra y pedruscos capaces de poner a prueba la tracción y la amortiguación de nuestro vehículo. Al culminar la subida, el espacio para dejar estacionado el vehículo era tan reducido, que nos imposibilitó maniobrar para darle la vuelta al coche y nos vimos obligados a hacerlo, no exentos de muchas dificultades, sirviéndonos de la marcha atrás. No quiero ni pensar qué habría sucedido de habernos cruzado con otro vehículo en sentido contrario o de habernos encontrado en la cima de la montaña con otro allí estacionado, pues el espacio habría sido insuficiente para ambos.
Para acceder a la cueva, cuyo sendero habíamos dejado a la derecha en nuestro ascenso hasta el mirador, optamos por no arriesgarnos a mover el vehículo, dada la estrechez del camino, y dejarlo inmovilizado allá en las alturas, por lo que iniciamos nuestra ruta a pie. ¡Qué aventura! Tras la bajada inicial, nos aguardaban subidas prolongadas de hasta un 15% a lo largo de unos 2 Km, pero la ilusión por descubrir ese espectáculo natural nos alentaba y hacía merecedero el esfuerzo. Sin embargo, la desolación nos embargó cuando descubrimos que la cueva era intransitable, pues la entrada estaba acorazada por una enorme cantidad de insectos que acudieron a darnos la bienvenida en tropel. A todo ello se sumaban la osuridad total en la que estábamos sumidos y la falta de señalización e información acerca de la misma, circunstancias que convirtieron esta empresa en misión imposible, así que tuvimos que resignarnos y conformarnos únicamente con la visión de la entrada. No obstante, y a pesar del desánimo con el que tuvimos que afrontar nuevamente esos 2 Km en el camino de regreso, la experiencia fue satisfactoria y gratificante.
Alentados por la proeza lograda, emprendimos una nueva caminata, de aproximadamente 2 Km también, aunque esta vez en llano, para disfrutar de la ruta de los dólmenes. Resultaba escandalosa la indefensión de todo este patrimonio, pues los tres dólmenes se encontraban expuestos, sin ninguna protección, a cualquier atentado de algún desaprensivo.
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