
En esta vida hay que ser paciente; es una mera cuestión de supervivencia. Pasamos gran cantidad de nuestro tiempo diario esperando: una llamada de teléfono, el turno de la compra, diferentes gestiones administrativas, el inicio o el final de nuestra jornada laboral, la llegada de nuestro transporte público... La espera es una actividad connatural al ser humano que regula nuestro comportamiento en sociedad, y ¡ay de aquel que no sea capaz de aguantarla con paciencia, porque esa actitud podría acarrearle serios problemas, no sólo con él mismo, sino también con aquellos que le rodean!
Todos nuestros actos, tanto individuales como sociales, vienen determinados por una espera, desde el momento en que plantamos el pie fuera de la cama, hasta ese bendito instante en que cerramos los ojos para conciliar el sueño con la satisfacción del trabajo bien hecho y de todas las expectativas cumplidas. Si queremos desayunar, hemos de esperar a que suba el café y se tueste el pan en el que poder deslizar posteriormente la mantequilla o expandir ese magnífico aceite de oliva de nuestra tierra. Si queremos darnos una ducha reconstituyente, habremos de esperar que salga el agua caliente que rebajaremos con la tonificante fría. Si pretendemos almorzar, se hace necesario esperar a que la comida se haga o bien se caliente en el indispensable microondas, más acorde con el ritmo frenético que impone esta vida moderna. Si decidimos quedar con alguien para mantener una charla distendida en la que desahogarnos de todas las angustias que imponen las obligaciones diarias, se hace imprescindible aguardar su llegada hasta el feliz y ansiado encuentro.
Pero hay más aún. ¿Os habéis parado a pensar que la espera está omnipresente en una actividad tan básica e interiorizada como la interacción verbal? ¿Cómo si no entendernos con los demás, más que aguardando a que concluyan sus respectivas intervenciones durante el turno de palabra? Y sólo una vez finalizado éste estaremos en disposición de replicar, confirmar o manifestar cualesquiera de las emociones que la maquinaria cuasi perfecta del lenguaje pone a nuestro servicio. De no efectuarse así la interacción, seremos tildados, con toda la razón del mundo, de groseros o, más moderadamente, poco corteses; se nos acusará de infringir una de las máximas de la conversación, esto es, la cooperación. Así pues, más vale tomarse esas esperas con filosofía, so pena de sufrir estrés, ansiedad, y demás efectos derivados de la impaciencia, amén de quedar relegado a un marginado social porque no soportan nuestros nervios descontrolados.
Por cierto, ha sido la espera en la estación de autobuses de Plaza de Armas, un mediodía de un 9 de julio, la que me ha inspirado esta reflexión que escribo al dictado de mis impulsos CONTROLADOS. Ya está aquí el bus, así que os dejo, no vaya a ser que me quede en tierra y tenga que esperar al próximo, porque también la paciencia tiene un límite.
Todos nuestros actos, tanto individuales como sociales, vienen determinados por una espera, desde el momento en que plantamos el pie fuera de la cama, hasta ese bendito instante en que cerramos los ojos para conciliar el sueño con la satisfacción del trabajo bien hecho y de todas las expectativas cumplidas. Si queremos desayunar, hemos de esperar a que suba el café y se tueste el pan en el que poder deslizar posteriormente la mantequilla o expandir ese magnífico aceite de oliva de nuestra tierra. Si queremos darnos una ducha reconstituyente, habremos de esperar que salga el agua caliente que rebajaremos con la tonificante fría. Si pretendemos almorzar, se hace necesario esperar a que la comida se haga o bien se caliente en el indispensable microondas, más acorde con el ritmo frenético que impone esta vida moderna. Si decidimos quedar con alguien para mantener una charla distendida en la que desahogarnos de todas las angustias que imponen las obligaciones diarias, se hace imprescindible aguardar su llegada hasta el feliz y ansiado encuentro.
Pero hay más aún. ¿Os habéis parado a pensar que la espera está omnipresente en una actividad tan básica e interiorizada como la interacción verbal? ¿Cómo si no entendernos con los demás, más que aguardando a que concluyan sus respectivas intervenciones durante el turno de palabra? Y sólo una vez finalizado éste estaremos en disposición de replicar, confirmar o manifestar cualesquiera de las emociones que la maquinaria cuasi perfecta del lenguaje pone a nuestro servicio. De no efectuarse así la interacción, seremos tildados, con toda la razón del mundo, de groseros o, más moderadamente, poco corteses; se nos acusará de infringir una de las máximas de la conversación, esto es, la cooperación. Así pues, más vale tomarse esas esperas con filosofía, so pena de sufrir estrés, ansiedad, y demás efectos derivados de la impaciencia, amén de quedar relegado a un marginado social porque no soportan nuestros nervios descontrolados.
Por cierto, ha sido la espera en la estación de autobuses de Plaza de Armas, un mediodía de un 9 de julio, la que me ha inspirado esta reflexión que escribo al dictado de mis impulsos CONTROLADOS. Ya está aquí el bus, así que os dejo, no vaya a ser que me quede en tierra y tenga que esperar al próximo, porque también la paciencia tiene un límite.
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